Las entrevistas txistorreras

Sea con preguntas de nuestros lectores o sea respondiéndonos a nosotros, no tienen desperdicio. Y hay quien se atreve a responder...

Entrevistas

Incorrección política

El análisis y comentario político, de cuestiones navarras y del resto del mundo, nos lo da sin tapujos el politólogo y escritor Juan José Domínguez

Juan José Domínguez

Hablemos de dineros...

Con lo que nos cuentan El Filibustero y Jesús Jiménez, "Er Jimi", entendemos de fábula las cosas de la Economía navarra y del mundo

Economía

miércoles, 18 de febrero de 2009

Desde Palestina (IV): Calcetines viejos

Por ERIKA JARA
Periodista navarra, ha informado para LTXD desde Palestina
(Fotografía principal de la autora)


Con los resultados sobre la mesa, tanto políticos como ciudadanos de ambos lados del muro comienzan a hacer cuentas. El Kadima de Livni (supuestamente de centro izquierda) ha obtenido más escaños, pero el Likud de Netanyahu (claramente de derechas) tiene más posibilidades de coalición. Al presidente, Simón Peres, se le acaba el tiempo para elegir al encargado de formar gobierno mientras, según el periódico israelí Haaretz, el teléfono de su despacho echa humo recibiendo llamadas de los países que aspiran a “ayudar” a Israel a conseguir la paz y le presionan en una y otra dirección.

Opiniones, las hay para todos los gustos: Edna Friedman, la concejala de Jerusalén por el partido religioso La Herencia Judía –que se considera moderado- espera que sea Netanyahu el encargado de dirigir a los ministros, puesto que así su partido pasaría a formar parte del gobierno. Cree que “todo en este país es muy evidente, o es blanco o es negro” (palabras textuales), y que es normal que la derecha haya ganado enteros en estas elecciones. “La única razón por la que hay gente que sigue votando a los laboristas es porque éstos decidieron apoyar las intervenciones militares de Israel, entendiendo que las armas son la única forma en estos días de tratar con los árabes. Y si no me crees, mira lo que ha pasado con Meretz (único partido israelí realmente de izquierdas), que casi ha desaparecido. ¿Por qué? porque sólo decidió apoyarlas en el último momento”, argumenta.

En el lado cisjordano, los pocos árabes que se han interesado por las elecciones se muestran indiferentes. La familia Jaber, de Hebrón, comenta con resignación que todos le parecen iguales. “La única diferencia entre Livni y Netanyahu es que Livni te da una mano y con la otra llama al tanque, y Netanyahu trae el tanque sin saludar. Esta familia ha sufrido la demolición de su casa tres veces debido a que un buen día, tras la firma del tratado de Oslo, el lugar donde se encuentra su casa pasó a formar parte de una zona C, o lo que es lo mismo, zona de control israelí. Además de la casa, el ejército arrasó la montaña donde plantaban sus cultivos para construir encima un asentamiento, eliminando el 70% de sus ingresos. Durante estos acontecimientos traumáticos, la mujer de uno de ellos tuvo varios abortos debido a la angustia (aún guardan los informes de Médicos del Mundo que lo ratifican) y en el brazo de la abuela se distingue perfectamente una bala bajo su piel. Cuando se les pregunta por un posible tratado entre israelíes y palestinos, el pesimismo les nubla el gesto: “¿Cómo podría el tigre negociar con la oveja?”, contestan.

Samer Kokaly, habitante de Belén y director administrativo de la agencia palestina de turismo justo ‘Alternative Tourist Group’ lo tiene muy claro: “los acosos y asesinatos silenciosos de Kadima no nos han llevado a ningún lado. Creo que lo que necesitamos es que el gobierno de Israel sea lo más radical posible, que Netanyahu y Lieberman (en la imagen de la izquierda) formen gobierno y vengan a Cisjordania a hacer un estropicio como el de Gaza. Sólo entonces la comunidad internacional se verá obligada a intervenir y quizá entonces veamos algo de luz al final del túnel”.

Salvando las distancias, el presidente del Comité Israelí Contra la Demolición de Casas y antiguo candidato al Nobel de la Paz Jeff Halper, lanza su opinión en la misma dirección: “La población israelí se ha visto obligada a votar entre cinco Likuds, pero Livni, aunque en el fondo quiera lo mismo que Netanyahu, ofrecerá al mundo una imagen moderada que será difícil contravenir. Creo que el Gobierno de Obama está por la labor de hacer algo, pero con Livni las negociaciones se alargarán hasta el infinito. Un gobierno de Netanyahu y Lieberman sería demasiado extremo hasta para el lobby judío estadounidense, lo cual facilitaría la presión de Obama sobre el gobierno de Israel.”

En general, y gobierne quien gobierne, se puede decir que no se esperan grandes cambios. Meir Margalit ofrece un simil muy gráfico de la situación recordando un chiste que se contaban durante el servicio militar: “El capitán le dice al soldado: tengo una buena y una mala noticia para ti: la buena es que podrás cambiar tus calcetines viejos por otros. La mala es que los tendrás que intercambiar con los de otro compañero”.

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martes, 17 de febrero de 2009

Desde Palestina (III): Operación Limpieza

Por ERIKA JARA
Periodista, ha colaborado para LTXD desde Palestina
(Fotografías de la propia autora)

En vista de que el sábado (Sabat) no circulan casi autobuses en Israel, decidí salir del país el viernes en un alarde de lo que yo pensaba era mi desarrollada capacidad organizativa. El autobús salía de Jerusalén para Eilat a las 14.00 horas, lo cual me permitiría llegar a la frontera sobre las 19.00 y dormir en el lado egipcio sin importar cuánto tiempo me retuviesen en la frontera. El sábado saldría hacia El Cairo en autobús y así habría conseguido esquivar el sábat judío israelí y el viernes musulmán egipcio. Era el plan perfecto.

Antes de dejar el hotel, me aseguré de completar convenientemente la ‘Operación Limpieza’ en mi ordenador, cámara de fotos y grabadora para no dar ningún argumento en mi contra a la policía de la frontera: pasé las fotos y entrevistas grabadas de los últimos días a un CD y, junto con otros libros y panfletos que había ido guardando durante la semana, los metí en un paquete y los puse rumbo a Navarra por correo postal. Me aseguré de que la grabadora estuviera vacía y eliminé el historial de google de la última semana. Toda precaución es poca.

Con todo listo, me dispuse a dejar el hotel. Pero como ya os imaginaréis, Israel es una caja de sorpresas y no todo fue tan fácil. Durante las siguientes horas me vi inmersa en una especie de Magical Mistery Tour donde todo sucedía sin orden ni control. Fue como el climax final de una semana surrealista:

Salí del hotel sobre las 13.15, y tardé poco tiempo en darme cuenta de que en mis cálculos había pasado por alto un detalle: era viernes, el día sagrado de los musulmanes. Jerusalén Este, el lugar donde habitan los árabes, ha quedado reducido en los últimos tiempos a un 7% de la ciudad urbana, parte del cual se hacina en el interior de las murallas de la antigua ciudad, donde las callejas no miden ni tres metros de ancho. Allí es exactamente donde se situaba mi hotel y, por supuesto, me dio por dejarlo en el mismo momento en que todo Jerusalén Este salía de las mezquitas y las callejas se atestaban de gente sin ninguna prisa. Lo que normalmente me hubiera costado cinco minutos me llevó veinte, y salí por la puerta de Damasco al exterior de las murallas con 20 minutos de margen para llegar hasta el autobús.

Me monté en el primer taxi que vi y acepté el primer precio que me ofreció para no perder tiempo, aunque realmente, lo mismo daba: el tráfico estaba totalmente parado porque, según me explicó el taxista, el atasco de los coches de los árabes deseosos de salir a algún lado y disfrutar del viernes se veía agravado por las calles que los judíos habían cortado al considerar que el Sabat empezaba el viernes al mediodía. Le dije que atajase, que llevaba prisa, pero se negó a cruzar los barrios judíos ultraortodoxos, donde el descanso del Sabat se cumple a rajatabla: “No quiero que piensen que soy un provocador y me apedreen el taxi”, me dice. Le creo; unos días antes crucé el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim y fue como viajar al siglo XIX. Mujeres con pañuelos en la cabeza y faldas de tonos oscuros hasta los tobillos y hombres con sombreros y chaquetas negras hasta la rodilla y dos tirabuzones a ambos lados de la cara pululaban por calles estrechas llenas de casas de aspecto pobre en cuyas paredes alguien había colgado unos carteles que avisaban de que los turistas no eran bien recibidos.

En mitad de la tormenta, a uno de los viandantes se le voló el sombrero, que fue a caer a mis pies. Me acerqué para devolvérselo, pero él sólo me dijo, con sequedad: “déjalo en el suelo.” Lo dejé caer al suelo mojado y él se agachó para recogerlo; se fue sin siquiera mirarme a la cara. Y sí, me lo imagino lanzando piedras como un desesperado a un coche que cruza su barrio en Sabat.

Llegamos a la estación a las 13.55. Perdí definitivamente la esperanza de coger el autobús cuando una cola que daba la vuelta a la manzana me hizo recordar que, en este estado de la manía persecutoria, en todas las estaciones de autobús de Israel existen puntos de control y detectores metálicos que convierten sus entradas en embudos. Abrí mi archivo mental de horarios y localicé un autobús que salía de Tel Aviv a las 15.00. Busqué como loca un ‘service’ (especie de taxi-minibús compartido) pero los dos que había en ese momento estaban ya completos. Esperé al tercero mirando nerviosa al reloj y preguntándome si conseguiría salir del país. Por suerte llegó pronto, llegué a la estación de Tel Aviv a las 14.55 y conseguí coger el autobús a Eilat en el último segundo.

Camino del sur, atravesando el desierto del Neguev, me percaté de algo que no había apreciado al llegar: según nos acercábamos a Eilat, más y más paneles publicitarios y rótulos de tiendas de los diversos pueblecitos pasaban a estar escritos en ruso. La razón es que una gran cantidad de ellos vive en la parte meridional del país, una de las más pobres. Algunos comenzaron a llegar ya en las primeras aliyas (hace casi 100 años) huyendo de los pogromos zaristas. Otros se incorporaron tras la creación del Estado de Israel y algunos, que no eran judíos pero sí pobres, se hicieron pasar por seguidores de la Torah al oír que en Israel ‘reglaban’ casa y trabajo a todos los judíos.

Llegué a Eilat a las 20.00 de la tarde. Como tenía hambre y no sabía cuanto tiempo tardaría en alcanzar el lado egipcio, decidí cenar algo antes. Una vez llené el estómago, me preparé mentalmente para la aventura fronteriza. Comprobé una vez más que la grabadora estaba vacía y que en la cámara de fotos no quedaba nada subversivo. Repasé mi coartada y cogí un taxi rumbo a lo que pensaba sería el momento clave del viaje de vuelta.

Me acerqué a la entrada esforzándome por parecer una guiri sorprendida y despistada. Un musculoso policía me cerró el paso, me pidió el pasaporte y me preguntó: “¿llevas contigo algún tipo de explosivo, arma u objeto metálico que pudiese usarse como tal?” Me imaginé a mí misma respondiendo: “sí, llevo concretamente dos kilos de Goma 2, tres sables ninjas y un tarrito de pólvora para aderezar.” ¡Vaya pregunta! Puse cara de pobre turista impresionada y respondí que no. Pasé al interior y divisé al final del pasillo una ventanilla con una mujer policía dentro. Me acerqué y me pidió el pasaporte. Casi sin mirarme a la cara lo abrió, lo selló y me lo devolvió. Le faltó empujarme para que me fuese de allí cuanto antes. Y eso fue todo.

¿Para eso me había tomado tantas molestias con la ‘Operación Limpieza’? Pensé en mis valiosas fotos y mis entrevistas grabadas, que estaban camino de Pamplona en algún avión mientras que por la frontera podía haber pasado kalashnikovs para armar a medio pueblo de Taba. Ni siquiera me hicieron pasar por un detector de metales. La verdad es que tuve una extraña sensación de decepción.

Con esta gente tan imprevisible y con tantos niveles de surrealismo y fanatismo repartidos por el callejero, ¿cómo iba a ser fácil cubrir unas elecciones? Sólo un vistazo a los resultados da una idea de la enormemente diversificada flora y fauna que puebla este pequeño rincón del planeta: entre los tres partidos más votados –el Kadima de Livni, el Likud de Netanyahu y el Yisrael Beitenu de Lieberman- suman tan sólo 71 de los 120 escaños que forman el Knesset. El resto de competidores electorales conforman una amalgama de 30 partidos cuyos programas sólo se diferencian en ocasiones por matices prácticamente invisibles. Entre el Partido de la Marihuana y el de los Jubilados existen los partidos religiosos que defienden la ocupación a ultranza, que no son los mismos que son ultraortodoxos que también defienden la ocupación a ultranza, que a su vez no son los mismos que los religiosos que defienden a los colonos pero se consideran moderados. También están algunos partidos religiosos y laicos que dicen anteponer la vida de las personas (judías, por supuesto) a la ocupación, pero cuando se les pregunta si apoyarían una retirada de Cisjordania, responden que ahora mismo sería un error, porque si lo hicieran, los árabes cogerían poder y les lanzarían misiles como pasa en Gaza. Partidos de representación árabe sólo hay tres, y dos de ellos se intentaron ilegalizar para estas elecciones.

Tan sólo existía un partido de verdadera izquierda, el Meretz, pero perdió toda su credibilidad (y de paso a sus pocos votantes) al apoyar la intervención en Gaza. Uno de sus concejales en Jerusalén, Meir Margalit, que en su día salió a la calle junto con los árabes para manifestarse en contra de la intervención en Gaza y para poner en evidencia al líder de su partido, resumía de esta forma las elecciones: “Antes de la intervención contra Hamás, la sociedad israelí estaba desintoxicándose del pensamiento en blanco y negro y comenzaba a dilucidar en gris. Pero la demostración de fuerza en Gaza devolvió a la gente el orgullo perdido en Líbano en 2006 y les volvió a poner la droga delante. La tentación fue demasiado fuerte y por eso la derecha ha incrementado sus votos. Israel vuelve a estar donde quería: en la posición de macho más poderoso de Oriente Medio.” No en vano, la gran revelación de estos comicios han sido los 15 escaños conseguidos por el fascista Avigdor Lieberman, dueño de frases tales como: “Denegaré la ciudadanía a todo aquel que no sea leal al Estado de Israel”, “habría que atrapar a todos los rebeldes árabes y echarlos al Mar Muerto” o “si por mí fuera llamaría a la Autoridad Palestina y le diría que mañana a las 10 bombardearé todos los centros de negocio de Ramala.”

Con todo y con eso, hubo algo en lo que sí estaban de acuerdo todos los políticos: hacía muchos años que las calles no estaban tan tranquilas durante una campaña electoral. El mismo Margalit se extrañaba de que nadie le hubiese pegado por la calle, como de hecho le pasó en todos los demás comicios desde que comenzó su carrera política. Los otros periodistas que se alojaban en mi mismo hotel y yo, sólo tuvimos noticia de dos disturbios importantes relacionados con las elecciones: uno sucedió en la pequeña localidad árabe-israelí de Umm al Fahm, entre Haifa y Nazaret, donde un parlamentario del partido de derechas de Unión Nacional se empeñó en vigilar las urnas para que no se cometiese fraude. Los lugareños lo interpretaron como una provocación y en cuestión de segundos estalló una batalla campal entre los árabes, que a base de piedras y enfrentamientos cuerpo a cuerpo trataban de abrirse paso hasta el colegio electoral para encararse con el derechista, y la policía israelí, que acordonaba el colegio y les impedía el paso. Resultado: una valla del colegio rota (de hecho yo estaba haciendo fotos debajo y por poco me cae encima), cinco detenidos y el derechista en cuestión evacuado en media hora para evitar más problemas.


El otro enfrentamiento, típico ya en las elecciones, tuvo lugar en el barrio ultraortodoxo jerosolimitano de Beit Israel, cuya mayoría de habitantes son antisionistas. Consideran que el Estado de Israel sólo se puede formar con la llegada del verdadero Mesías, acontecimiento que aún no ha ocurrido, y por ello condenan todos los organismos y procedimientos del estado, incluidos los comicios. Durante el día de las votaciones se dedicaron a impedir la entrada de los votantes a los colegios electorales de su barrio, hasta que llegó la policía y los dispersó. (continuará)


Ver los otros artículos de Erika:
* Desde Palestina (I): "Pero allí, ¿qué hay?"
* Desde Palestina (II): La Odisea en Israel

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jueves, 12 de febrero de 2009

Actualizando el callejero pamplonés

Por ELOY RABO


Leo una noticia que me llena de sorpresa: en Zaragoza, como en la vieja Iruña, andan también remozando su callejero. Resulta que se les ha quedado un tanto anticuado y que, aunque no tengan sobre su cabeza una Ley de Símbolos cual "espada de Demóstenes" (Miguel Sanz dixit), han pensado que no queda bien tener una calle dedicada a un general golpista.

El titular sobre la noticia zaragozana destaca que el cambio de nomenclatura llevará aparejada una subvención para los negocios afectados. Suponemos que les cambiará a todos las tarjetas de visita y las bolsas impresas con el nombre del comercio y la dirección. Vale, está bien; pero lo más jugoso anda escondido tras ese titular con olor a beneficencia.


¿Qué tienen en común San Josemaría Escrivá de Balaguer, Héroes del silencio y Nayim? Pues que todos ellos tendrán una calle en la Zaragoza rebautizada. Con un par.

Dicho lo cual, que lo es, proponemos los siguientes cambios de denominación para la vieja Iruña. Porque hay calles dedicadas a gente que nadie recuerda ya, aunque no fueran "caídos por la Cruzada".

Así, yo propondría cambiar el nombre del Parque de Antoniutti (¿quién coño sabe quién fue aquel nuncio papal?) por el de Parque Miguel Induráin. Para que la Iglesia no se queje, la carretera de la Universidad sería la Avenida Josemaría Escrivá de Balaguer, y la calle Curia, calle Monseñor Cirarda. También tenemos músicos: la Avenida de Villava pasaría a ser el Paseo Barricada, y el Paseo Sarasate (nadie le escucha a día de hoy) sería la Alameda de los Tahúres Zurdos. Y la calle del Sadar, desactualizada gracias a Corpas, sería la calle de Pedrag Spasic, grandioso futbolista. Probablemente habría que plantear en referéndum si la merece más Spasic o Jerry Simons.

También habría que actualizar las referencias económicas. La Plaza de Félix Huarte sería la plaza de Antonio Catalán, con dos cojones, que para eso puso ahí la primera piedra de su emporio. La Estafeta sería la calle Mikel Urmeneta, puesto que acumula en tal vía buena parte de su negocio. Y, ya puestos, Joaquín Beúnza (¿quién era este señor?) pasaría a ser la calle de Casa Sancena (que en paz descanse).

Pero también tenemos otra idea: los nombres de películas de cine. Lo hizo el Ayuntamiento de Zaragoza (joder con los maños) en el recién creado barrio de Valdespartera. Ellos no eligieron los títulos ad hoc, pero nosotros sí. Así, Carlos III (zona nacional) sería Avenida de Raza. La Vuelta del Castillo, El Parque de Evasión o victoria (por las competiciones futboleras multinacionales). Y, hombre, mientras no eliminen la prostitución de la Avenida Guipúzcoa, ganaría glamour llamándole la Avenida Por un puñado de dólares. O la de El Padrino, dado el cariz del negocio.

Tiene cojones. Con la que está cayendo, y algunos ayuntamientos gastando en placas. ¿Será su inversión de los fondos de Zapatero?

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martes, 10 de febrero de 2009

Desde Palestina (II): La Odisea en Israel

Por E. J.
Periodista pamplonesa, informa desde Israel


(Nota de la redacción: al leer el artículo, entenderéis lo de firmar con iniciales).

Me desperté antesdeayer con el sonido de unas campanas sin saber donde estaba. Y de pronto me di cuenta: es verdad, estoy en Jerusalén. ¿Cómo? ¡Es verdad! ¡Estoy en Jerusalén! Desde la odisea de Ulises, nunca fue tan difícil llegar a un lugar. Desde mi cama de hostal barato en la ciudad vieja, me tomo unos minutos para recordar las últimas 48 horas.

El autobús salió de El Cairo tarde y llegó con dos horas de retraso, como de costumbre, y se estropeó a mitad de camino, como sucede bastante a menudo. Llegué a la frontera egipcia y pasé sin problemas. Hasta aquí, todo normal. El viaje surrealista comenzó al intentar atravesar la frontera israelí.

El agente fronterizo abrió mi pasaporte y al momento le destrozó los ojos el sello sirio que revelaba el destino de mis últimas vacaciones. Automáticamente llamó a su jefe. Había asumido que me retendrían un rato, pero nunca hubiera imaginado lo que sucedió durante las 5 HORAS siguientes.

El jefazo me llamó a su despacho y comenzó el primero de una larga serie de interrogatorios absurdos. Reproduzco uno de los momentos del primero.
- ¿Por qué estuviste sólo un día en Damasco?
- Porque no tenía más tiempo.
- ¿Por qué? ¿Qué tenías que hacer?
- Ver más cosas en Líbano.
- ¿Cuáles?
- Todos los que tenían ruinas romanas.
- ¿Con quién fuiste?
- Sola.
- ¿Por qué?
- Porque sólo yo tenía vacaciones.
- ¿Has estado antes en Israel?
- Sí (hubiera mentido, pero no sabía si tenía una base de datos donde lo pudiese comprobar).
- ¿Y por qué vuelves?

- Porque me gustó mucho.
- ¿Y por nada más?
- Generalmente en el resto de países se alegran de que la gente vuelva, no veo cuál es el problema.
- ¿Con quién viniste a Jerusalén?
- Con mi novio, de vacaciones
- ¿Sigue siendo tu novio?
- (???)
- ¿Y por qué no fue contigo a Siria y Líbano?
- Porque no tenía vacaciones a la vez que yo.
- Vale, espera fuera.

Salgo fuera y me siento en un banco. Pasado un rato de espera se sienta a mi lado un chico. Se llama Edgar, es mejicano y venía con dos canadienses en su camino hacia Jordania. Ellos han pasado sin problemas, a él lo han retenido. Comparamos interrogatorios para pasar el rato, aunque la paranoia nos hace desconfiar incluso entre nosotros y no nos contamos nada de nuestra vida.


El jefazo me vuelve a llamar a su despacho. Me da un papel y me dice que escriba mi dirección de e-mail, mi teléfono móvil y el nombre de mi padre. Elijo el menos subversivo de mis e-mails y le doy mi número correcto. Comienzan de nuevo las preguntas:
- ¿Por qué tu mail es éste que no tiene nada que ver con tu nombre?
- Porque me gusta El Señor de los Anillos y es uno de los personajes.
- ¿Cuándo llegaste a El Cairo?
- ("Lo pone en el visado del pasaporte, capullo", pienso) Hace 5 días.
- ¿Y cuándo te vas?
- Una semana después de volver de Israel. (Mentira, pero a ver cómo le explico que me quedo dos meses más para estudiar árabe)
- ¿Tienes billete de avión de vuelta?
- No. (Mentira, pero no puedo enseñarle el billete para dentro de dos meses.)
- ¿Por qué no tienes billete?

- (Me empiezo a oler que el asunto va a traer cola, así que me invento algo que resuelva la verdad, y más vale que lo hago.) De hecho, sí tengo billete de vuelta; lo cogí porque era una oferta y era barata, pero no tengo intención de volverme dentro de dos meses, como pone en el billete, porque entre otras cosas estoy sin trabajo y no tengo tanto dinero.
- ¿Dónde compraste el billete?
- En internet.
- Abre tu correo y enséñamelo. (Me gira el ordenador. Abro el mail haciéndome la tonta, perdiendo el tiempo hasta que entra otro policía, le distrae y puedo meter la contraseña sin que la vea. Ve el billete.) De acuerdo, ciérralo y espera fuera.

Me aseguro de que salgo del correo y de la página convenientemente. Salgo fuera. A Edgar le acaban de registrar todo su equipaje y le han encontrado un libro sobre Mahoma que le regalaron en una mezquita que visitó en El Cairo. Le han preguntado por qué lleva ese libro. Le cuenta su procedencia y le explica que cualquier libro tiene interés. La respuesta de la agente que le interroga es: “¿Y por qué no lees uno sobre los hebreos?” Él responde que quizá lo haga. (¿Qué otra cosa puede decir?)

El rato va pasando y llevo casi tres horas en la frontera. Son las 6 de la tarde y se ha hecho de noche. El último bus hacia Jerusalén salía a las 4.30 de la tarde, por lo que asumo que dormiré en Eilat.

El jefazo vuelve a llamarme al despacho.
- ¿Tuviste trato con algún local la última vez que estuviste en Israel? (pregunta trampa. Ya me la hicieron en el aeropuerto de Tel Aviv la última vez y me quedé sorprendida de que llamasen ‘locales’ a los palestinos.)
- (decido hacerme la tonta –o pasarme de lista, según se mire- y ver qué pasa) Sí, claro.
- (al jefazo le pilla por sorpresa la respuesta) ¿Cómo que sí?
- Claro, no me quedé todo el día encerrada en el hotel. Si vas a un restaurante es inevitable hablar con el camarero, y si voy a hacer un tour por Tel Aviv, hablo con el guía.
- (se queda un momento callado. ¿Qué va a decirme? Algo así como: “no, no me refería a los locales israelíes sino a los ‘locales palestinos’”. Imposible.) Hiciste algún amigo israelí?
- No.
- ¿Por qué no?
- Porque estaba con mi novio y no vine para hacer amigos sino para disfrutar de las vacaciones con él.
- O sea que ahora que vienes sola harás amigos.
- (¿???) Puede.
- Entonces, me aseguras que no hiciste un amigo israelí o con móvil israelí. (Se ve que ya se ha recuperado de mi anterior respuesta sobre los locales y le ha dado la vuelta: incluso los palestinos tienen prefijo de israel.)
- Sí, lo aseguro.
- Eso quiere decir que si cojo tu móvil no encontraré en tu agenda ningún teléfono israelí.
- (Me la juego y respondo indiferentemente) No.
- Vale, sal fuera.

Salgo fuera, me aseguro de que nadie me ve y camuflo los números israelíes de mi móvil cambiándoles los prefijos. No los puedo borrar porque no los quiero perder y no me siento capaz de memorizarlos. Espero otro buen rato junto a Edgar, que está ya tan cansado de todo que hace bromas por no llorar.

Al cabo del rato viene una chica de unos 22 años y me dice: "Coge tu equipaje y ven conmigo". Paso a la sala de al lado con ella. Allí me esperan diez agentes (cinco chicos y cinco chicas, que nadie diga que no es un país moderno) y otro más vigila la entrada, metralleta en mano. Abren mi mochila y empiezan a esparcir todo en una mesa larga. Y cuando digo todo, es todo: desenroscan los calcetines, abren los botes de champú y toman muestras, sacan todos los CD del portacedes y le pasan un detector de restos a todas y cada una de mis cosas, incluso a las pilas del discman.

Una de las chicas me dice que pase a una estancia con una cortinilla. El de la metralleta se desplaza hasta la cortinilla, como custodiando la entrada (¿qué va a hacer? ¿dispararme si intento escaparme?) La chica me cachea a fondo de arriba abajo. Tras ello me pasa por todas partes un detector de metales. La máquina pita cuando la pasa por el botón del vaquero y se queda pensativa un momento. “Bájate los pantalones”, me dice. Yo le pregunto si no es demasiada molestia cerrar bien la cortinilla. Ella, como importunada, la cierra del todo de mala gana. Me bajo los pantalones y me pasa el detector de metales. Ya no suena, parece que se convence de que no me he escondido nada en mis partes íntimas.

Salgo de la salita y me fijo en que mi portátil ya no está en la mesa junto con el resto de las cosas. En ese momento uno de los chicos lo trae. La chica que me ha registrado me dice: “Está bien, puedes recoger tus cosas.” Miro cómo todo está esparcido por la mesa. Qué agotamiento. Empiezo a hacer de nuevo la mochila. Uno de los chicos me trae un vaso de agua. Me pregunto si será realmente agua o un veneno para acabar conmigo del todo. Cuando estoy terminando, aparece el jefazo con mi pasaporte y me dice: “Que lo pases bien en Israel.” Le miro a los ojos: “¿Tú crees?” Le suena el móvil y se va.

Recojo todas mis cosas y salgo, por fin, de la frontera. Edgar ha salido antes que yo, pero me ha esperado en la salida. Cogemos un taxi al centro de Eilat y nos enfadamos con el taxista, que nos intenta timar. Le pagamos y nos dice: “vuestro problema es que no os fiáis de la gente.” Le contesto: “Las cinco horas que me he pasado en la frontera demuestran que vosotros tampoco podéis dar mucho ejemplo.” Él no se da por vencido: “Esto es Israel, no es Egipto.” Yo tampoco me callo: “Me doy perfectamente cuenta de la diferencia”.


Encontramos un albergue barato donde pasar la noche y al día siguiente nos presentamos en la estación de autobús a primera hora para coger un bus a Jerusalén. (Después de lo que le ha costado entrar, Edgar decide quedarse en Israel y e ir más adelante a Jordania.) Pero no hemos caído en algo: ¡es sábado! Es el día sagrado de los judíos y sólo hay un bus a Tel Aviv que sale al cabo de 2 horas. Esperamos pacientemente mientras un policía nos vigila y nos llama la atención cuando nos alejamos demasiado de nuestro equipaje.

Llegamos a Tel Aviv a las 4.30 de la tarde. Buscamos un minibús para llegar a Jerusalén. Como es sábado y no hay casi transporte público, el billete cuesta bastante más de lo normal. Una hora después, por fin, llegamos a Jerusalén y, exhaustos, cenamos algo y nos vamos a dormir.

Para los que hayáis leído hasta aquí, pensaréis que ha sido un texto muy largo. Pues sí, lo ha sido. ¡Espero que lo sintáis conmigo! En mi siguiente rato libre prometo hablar sobre el ambiente electoral. Gracias por vuestra paciencia.
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miércoles, 4 de febrero de 2009

Agorreta, poeta de la pintura figurativa

Por LA TXISTORRA DIGITAL

Tenemos el privilegio de entrar en el estudio de José Ignacio Agorreta (Pamplona, 1963). Cada óleo del pintor navarro es un poema que nos abruma por la belleza de las combinaciones cromáticas plasmadas sobre el lienzo, por el lirismo que rezuma de sus cuadros y, de modo singular, por su particular personalidad artística. Un edificio vacío y anónimo, arquitecturas desvencijadas, piezas industriales o delicadas ramas de árboles componen la obra del pintor pamplonés, las cual cobra vida, unas veces de modo directo y, otras, de manera velada. Agorreta pinta poesía.


- Usted pinta fábricas abandonadas y artilugios de metal, ¿por qué?
- La razón estriba en que me las he encontrado en el camino, casualmente. Además, pintando estos artefactos herrumbrosos puedo expresar por medio de la pintura lo que me resulta imposible decir con palabras. Busco con la mirada rescatar la parte bella del objeto no hermoso a priori, pero que sin lugar a dudas existe. En ocasiones, cuando voy por la carretera y veo una chimenea vieja siento la necesidad de pintarla. Es mi modo de estar en el mundo.

- Pero también pinta ramas de árboles, ¿a qué se debe ese contraste entre lo vivo y lo muerto?
- Yo no creo que haya diferencias: es mi mirada subjetiva la protagonista de los cuadros con los que pretendo pintar poemas. En realidad, me da igual un silo, una fábrica abandonada o una frágil rama. Me sale inconscientemente fijarme en lo que los demás no reparan. Procuro sacar la sustancia de esos objetos anónimos que de otra manera pasarían inadvertidos o despreciados. Mis óleos nacen de la humildad, por eso deben observarse despacio. Yo pinto en voz baja.


- ¿Cuándo y dónde empezó a pintar?
- No recuerdo ningún día de mi vida sin pintar. De niño mis mejores momentos los recuerdo con lápices de colores en la mano. Era, por otra parte, la manera en que yo me sentía gratificado. Ya con 20 años comencé a trabajar en la ferretería familiar y cuando acababa la jornada laboral pintaba de noche, primero en una trastienda y luego en cualquier cuarto o en habitaciones que me dejaban generosos amigos. En aquélla época, a mediados de los ochenta, tomé conciencia de la creación artística como desahogo de mi angustia vital. Por fortuna, ahora vivo de la pintura, que ha evolucionado del expresionismo existencial y colorista de mi juventud a una figuración que prima lo implícito más que lo explícito”.

- Entiendemos que ha deshumanizado el arte, que diría Ortega. Esto... ¿se consigue sólo con las manos?
- Es cierto que, a pesar de la ausencia de personas en mis cuadros, las preocupaciones humanas como la soledad o el paso del tiempo condicionan mi obra. Mi pintura no nace con premeditación: las manos guiadas por la intuición deciden – a veces – tanto como la mirada reflexiva. Incluso el azar interviene cuando al superponer papeles de periódico sobre el óleo y ser desprendidos, difuminan las imágenes dejándolas descansar en atmósferas de colores ambiguos, tan protagonistas como lo que deseo representar.

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domingo, 1 de febrero de 2009

El Diario de Navarra y las fuentes del león


La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida... Copiamos literalmente lo que pone el Diario de Navarra, en su edición de hoy, sobre las fuentes del león:

"Pese a que no son exclusivas de Pamplona y se pueden ver también en algunos pueblos de la Comarca, las fuentes del león son uno de los símbolos más reconocidos de la capital. Se comenzaron a fabricar hace ahora casi un siglo por la que hasta hace unos años era la última fundición de hierro de Pamplona, Casa Sancena, una empresa familiar que siempre consideró a esta fuente como su sello más personal.

En estos momentos hay repartidas por la ciudad apenas 180 unidades de la fuente del león por todos los barrios, excepto por los más nuevos, donde se colocan modelos con un diseño menos clásico. "Tenemos además en los almacenes otras 15 unidades, pero únicamente para reposiciones porque Sancena cerró y al final tampoco conseguimos los moldes originales para poder encargar más unidades", explica Oscar Esquíroz, director de Conservación Urbana.

Antes del cierre definitivo de Sancena, el Ayuntamiento adquirió diez réplicas en miniatura de estas fuentes como regalo de protocolo".


Por supuesto, lo primero que debemos hacer es agradecer al Diario que ni nos mencione. Un detalle por su parte. Seguro que este blog, The Green Lion Project, no ha tenido nada que ver en que se hayan acordado de las fuentes. Ni el blog ni la campaña por la inclusión de las fuentes como Maravilla de Navarra, concurso que organizaba el propio Diario. Tal vez no nos hayan nombrado porque ya lo hizo Gara...

Gracias también al Servicio de Prensa del Ayuntamiento, a quien hace ya casi 3 meses pedimos alguna información sobre el número de las fuentes, origen documentado, etcétera... y aún seguimos esperando la respuesta. Óscar Esquíroz se ha dado mucha vidilla en responder a nuestros colegas de Cordovilla. Es lo que tiene. No pedíamos una réplica en miniatura de las fuentes: pedíamos información.

Pero resulta que el Diario de Navarra, aun con su gran servicio de documentación y sus tremendos contactos en el Ayuntamiento de Pamplona, se ha colado. Sí, se ha colado. Porque podría haber dicho (siguiendo nuestro Inventario) dónde más hay fuentes. Porque asegura que, salvo en los barrios más nuevos, se colocan estas fuentes... cuando es mentira: váyanse al Paseo de Sarasate o a la Plaza de San Nicolás, y descubrirán que allí desaparecieron dos fuentes leoninas. Y porque asegura que hace casi un siglo que se empezaron a fundir en Casa Sancena. Y tenemos datos para desmentirlo.

¿Recuerdan la pista de los escoceses? Sí, ésa que nos llevaba a pensar en Glenfield & Kennedy como origen del diseño de estas fuentes tan nuestras... pero que habían llegado (y sin Plan Moderna de por medio) hasta las Islas Malvinas (en la foto de la izquierda)... Pues agárrense, que vienen curvas.

Próximamente, aquí. Donde mejor les contamos la historia de nuestras fuentes.
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