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Incorrección política

El análisis y comentario político, de cuestiones navarras y del resto del mundo, nos lo da sin tapujos el politólogo y escritor Juan José Domínguez

Juan José Domínguez

Hablemos de dineros...

Con lo que nos cuentan El Filibustero y Jesús Jiménez, "Er Jimi", entendemos de fábula las cosas de la Economía navarra y del mundo

Economía

martes, 16 de noviembre de 2010

Injertos políticos

Dice el diccionario que injerto viene del latín insertus, o sea, introducido o insertado. Igual que en la agricultura, donde se introduce parte del tejido de una planta en otra con la finalidad de mejorar sus propiedades o su crecimiento, en la política es habitual el injerto de instituciones o prácticas de un país en otro distinto. Para tener éxito el injerto debe hacerse entre especies estrechamente relacionadas, lo mismo hablemos de vegetales que de sistemas políticos. En caso contrario los tejidos no son compatibles, no se produce la conexión vascular y el injerto se rechaza.


Un artículo de MIGUEL IZU
El jardinero fiel

El sistema político de cualquier país recibe con frecuencia injertos provenientes de otros países; unas veces el injerto tiene éxito y el sistema sigue creciendo incorporando el nuevo tejido; otras veces fracasa y ese tejido se seca y acaba desprendiéndose. Sin remontarnos a la antigüedad más remota y a los que fueron llegando de los romanos, los visigodos o los moros, los injertos más afortunados en España, igual en la vid que en la política, han sido los procedentes de Francia. Cuando este país era la principal potencia política, entre los siglos XVIII y XIX, se nos fueron injertando la Ilustración, el Estado constitucional, los derechos humanos, la codificación; injertos que costó mucho que arraigaran y han necesitado abono y riego abundante durante un par de siglos, pero que al fin y a la postre han ido quedando incorporados al organismo principal.

Luego entre los siglos XIX y XX fue Gran Bretaña la que se convirtió en la potencia que cortaba el bacalao; los injertos políticos que nos fueron llegando de allí también han ido prendiendo con mucho esfuerzo, como el parlamentarismo, el bipartidismo o el Estado de bienestar, aunque alguno fracasó enseguida, como el imperialismo colonial que nunca pasó de triste caricatura con esas guerras africanas cuyas consecuencias todavía padecemos (ahí están los recientes sucesos del Sahara).

Tras un breve y fallido ascenso de Alemania en los años 30 del siglo XX en el cual nos injertaron el Estado totalitario, el principio de caudillaje, el partido único y los sindicatos verticales, se secaron pronto pero costó lo suyo podar los restos, entre los siglos XX y XXI los que han pasado a gobernar el mundo han sido los Estados Unidos de América de donde provienen en el último medio siglo muchos de nuestros injertos, a la espera de que en un futuro cada vez más cercano empecemos a recibir la que parece irremediable influencia de China.

Y no sé si por venir de más lejos, de un sistema muy distinto, o por lo reciente de la operación, el caso es que los injertos políticos que recibimos del otro lado del Atlántico no acaban de prender debidamente. Analizaremos a título de ejemplo tres de ellos.

INJERTO 1.-
El jurado
Nada más yanqui que el juicio por jurados. Allí se tomaron muy en serio ese principio anglosajón de que uno sólo puede ser juzgado y condenado por sus iguales y de que los ciudadanos deben participar en la administración de la justicia. Quizás su éxito se debe a que los anglosajones desconfían del poder político y confían más en sus conciudadanos; esa visión de que los que mandan son malos (incluidos los jueces) y los ciudadanos de a pie son buenos late no sólo en las empalagosas películas de Frank Capra sino en casi todo lo que nos mandan de Hollywood.

Aquí el jurado no acaba de cuajar; los ciudadanos quieren escaquearse como sea de participar, los acusados y sus abogados prefieren un juez y los jueces intentan que las ocasiones en que haya que convocar un jurado sean las menos posibles. Quizás el problema es que nosotros desconfíamos de nuestros vecinos tanto como de los jueces o incluso más, y que el espíritu de participación y de cumplimiento de los deberes cívicos también está bajo mínimos. En Estados Unidos, según vemos en las películas, copiar en los exámenes, defraudar a Hacienda o mentir a un tribunal se considera un deshonor; aquí se presume de quién lo ha hecho con más habilidad.

En fin, que a falta de dosis masivas de fertilizantes tenemos un injerto que no acaba de prender bien. Y la cosa empeora con ese sistema nuestro del cuestionario que tiene que responder el jurado (con lo fácil que parece lo de inocente o culpable), a veces más complicado de entender y de rellenar que la declaración de la renta.

INJERTO 2.-
El debate del Estado de la nación o de la comunidad
En los últimos años se ha institucionalizado tanto en el Congreso de los Diputados como en los parlamentos autonómicos un debate anual sobre el estado de la nación o de la respectiva Comunidad Autónoma. Es una copia del debate sobre el estado de la Unión que se celebra en Estados Unidos desde 1790. El art. 2.3 de su Constitución prevé que el Presidente “periódicamente deberá proporcionar al Congreso informes sobre el estado de la Unión, recomendando a su consideración las medidas que estime necesarias y oportunas”. Lo que sucede es que el Presidente de los Estados Unidos no forma parte del Congreso ni acude a sus sesiones y debates, en virtud de la rígida separación entre el ejecutivo y el legislativo propio de aquel sistema. Por ello tiene su lógica que una vez al año acuda a debatir sobre cómo va la cosa, igual que hace la reina de Inglaterra con su discurso anual de apertura del Parlamento al que ya no vuelve a acudir porque no forma parte de él.

En los sistemas parlamentarios como el de España el Presidente del Gobierno (estatal o autonómico) forma parte del parlamento, tiene reservado asiento preferente y participa habitualmente de sus debates, incluso tiene la posibilidad de intervenir siempre que quiera. Ni puñetera falta hace que una vez al año, además, se le ofrezca la propina de poder perorar sin límite de tiempo sobre lo que le apetezca, una ocasión más para el marketing y el autobombo habituales. Así que el debate se convierte en una cita ineludible para los políticos y periodistas que asisten pero para el resto del mundo tan sólo en un espectáculo que aburre a las ovejas, una repetición perfectamente prescindible de los mismos debates, argumentos e intervenciones de todas las semanas.

INJERTO 3.-
Las primarias
Estamos tan acostumbrados a presenciar en directo por televisión los procesos electorales norteamericanos, con sus dos fases de elección de candidatos por cada partido y de competición entre los candidatos de los dos partidos, que la celebración de primarias se está convirtiendo en el modelo ideal de democracia interna al que deberíamos aspirar. Pero las primarias constituyen un injerto que tampoco acaba de prender y probablemente por la diferencia abismal de los sistemas en cuanto a la naturaleza de los partidos políticos y al funcionamiento de los procesos electorales.

En Estados Unidos los partidos no dejan de ser poco más que un club en el que se paga la cuota por uso de instalaciones. No son en realidad los partidos quienes seleccionan los candidatos, quienes financian las campañas electorales ni quienes controlan la actuación de los cargos elegidos. Cada candidato se tiene que buscar la vida gastando su dinero o recaudando donativos y buscando apoyos. En las primarias ni siquiera votan los afiliados de los partidos, votan todos los ciudadanos que quieran hacerlo simplemente inscribiéndose para ello como demócratas o republicanos.

En Europa las cosas son distintas; aquí los partidos políticos sí son quienes presentan los candidatos y pagan las campañas electorales. Y los partidos funcionan bien como una empresa que distribuye los cargos entre su personal y controla su trabajo, bien respecto de sus afiliados y votantes como una secta que exige lealtad ciega al líder, adhesión incondicional a los dogmas y odio furibundo hacia el enemigo. Con este panorama la celebración de primarias no hace sino distorsionar el funcionamiento habitual del partido; genera división interna, cuestiona la autoridad de los líderes, concede la palabra a afiliados no habituados a otra cosa que aplaudir y pagar la cuota y despista a los votantes. En fin, algo completamente disfuncional. Para que prenda este injerto de las primarias primero habría que cambiar de arriba abajo el funcionamiento de los partidos políticos.

4 comentarios: on "Injertos políticos"

licor dijo...

Falta todavía un injerto muy importante. En USA los congresistas son elegidos en sus distritos uno a uno. Aquí se podría extrapolar mediante las listas abiertas. ¿Que quiere decir?. De los cincuenta parlamentarios forales que propone cada partido, supongamos 300 en total, yo elijo 50. Diez de uno, quince de otro y veinticinco de otro, los que yo quiero y sin importar el orden en la lista. Los cincuenta más votados serían parlamentarios. Con eso acabaríamos con esa especie animal, mal llamada político profesional, que sobrevive mediante el compadreo a congresos, exitos, debacles, puñaladas y ostracismos, para perpetuarse en la sagrada misión de lo público porque su mediocridad no les permite ganarse la vida de otro modo.

Syldavo dijo...

Ese sistema que propone licor no sólo no tiene nada que ver con los USA, sino que no sirve para nada de lo que dice. Tal como lo plantea es un sistema mayoritario que en cada circunscripción otorgaría todos los escaños al partido mayor. O sea, en Navarra, 50 escaños para UPN. Los votantes de UPN marcarían mayoritariamente a los 50 candidatos de UPN; los del PSN, a los 50 del PSN; los de NaBai, a los 50 de NaBai, y así sucesivamente. Total, los 50 candidatos de UPN serían los más votados. Algo parecido a lo que ya sucede ahora con las elecciones del Senado, pero corregido y aumentado. Y políticos profesionales, pues más o menos los mismos...

licor dijo...

Sr Syldavo, of course I realize. Solo trataba de extrapolar la filosofía de votar a la persona a nuestra idiosincrasia política.

De todos modos pongase p. ej. en la piel de un policía foral que tiene que marcar cincuenta cruces. Ud. y yo adivinaríamos alguna que nunca marcaría.

¿O no se da cuenta de que esta tierra es txiquita y apañada (pero para qué quieres más) y nos conocemos todos?

Syldavo dijo...

Ya, y qué. Póngase en la piel de un banquero. Ud. y yo adivinaríamos alguna que tampoco marcaría. O en la piel de un profesor de euskera, o en la piel de un notario, o en la piel de lo que usted quiera.